El país de los escuálidos

España, el país donde estoy parasitado, está cada vez más en los huesos, y es que el estrés que le provocan sus políticos, los bancos, el déficit, el paro y la prima de riesgo está haciendo estragos en su salud. A decir verdad, todos los que lo habitamos estamos, de la misma manera y por los mismos motivos, más raquíticos y chupados que hace unos años y más desorientados que toda nuestra clase política junta. Hasta el mismísimo toro de Osborne está perdiendo su virilidad y su caché como semental.

La verdad es que la de ahora, afortunadamente, es la situación más difícil que yo he percibido en los 34 años de mi existencia. La sensación de incertidumbre es superlativa y en todos los sentidos. Diría que uno de los aspectos que ha generado tanta controversia y malestar entre la sociedad desde que comenzó la crisis, es que existen dos tipos de problemas, uno es el problema real, lo que verdaderamente está pasando, y otro el problema que percibimos, y éste último es el que más nerviosismo y desconfianza genera. El clima de pesimismo que existe actualmente está minando el optimismo que hemos tenido siempre.

Yo no alcanzaba estos niveles de preocupación actual desde que el Coyote acabó atrapando supuestamente al Correcaminos. Ni los niveles por los que camina la prima de riesgo se acercan a mis sensaciones de ahora. Hasta he dejado de comer, bueno, al menos hasta la hora de la cena.

Metafóricamente hablando, el país está lleno de moscas orbitando por su geografía y camina moribundo por los campos europeos pidiendo caridad, y todos los demás la acompañamos religiosamente agarraditos de la mano. Pero lo peor no es pedir caridad sino la imagen deteriorada y ridícula que se está dando, desde el propio gobierno hasta sus comunidades autónomas, con todo ese despilfarro de dinero del contribuyente y todos esos políticos corruptos sin escrúpulos. Ni la Casa Real se salva de tal dejadez a la española.

Otra de las razones, creo yo, que contribuyen también al malestar general, es que todos y cada uno de los días nos “infoxican” con toda clase noticias exageradas hasta su máxima expresión hablándonos, por ejemplo, acerca del número estratosférico de parados, del estado bajo cero del déficit, del color negro que tiene la recesión, de la bajada radical del Ibex, del brutal rescate de Bankia, de las increíbles medidas que Merkel tiene para nosotros (aunque Rajoy las camufle con su jerga política)… Lo que uno quiere en definitiva, y más ahora, es encontrar motivos para tener esperanza, no cargarse las pilas de malas vibraciones. Por supuesto se tiene que dar noticias de la actualidad, pero en algunos informativos se podrían ahorrar los ya tradicionales adjetivos alarmistas así como los reporteros apocalípticos, en otras palabras, evitar ese “telecinquismo periodístico” que parece haberse instalado en nuestras televisiones y periódicos. Hoy día necesitamos a periodistas de los de sentido común y de la responsabilidad, que estoy seguro que hay muchos en este país y muy buenos. Parece ser que se prefiere tener antes a una población amargada y crispada, que esperanzada y motivada para seguir adelante.

La verdad es que hemos pasado de comenzar el fin de semana a partir del viernes por la tarde, a condicionar nuestra decisión de salir en función de los recortes y subidas de precios que anuncie Soraya Sáenz de Santamaría en la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros, y eso, es un mal síntoma.

No veo mal los ajustes, porque son necesarios, de hecho, yo diría que siempre han sido necesarios y no ahora precisamente con la llegada de la crisis, lo que veo injusto es que no se hagan donde se tienen que hacer y para más inri se inyecte dinero público a todo banco susceptible de morirse ahogado con sus propios vómitos, y eso indigna a cualquiera. Soy de los que opina que se debería capitalizar antes a la gente y no a los bancos, dicho de otra manera, un plan de rescate destinado al ciudadano y no para el sistema bancario. Aunque hay que decir también, como bien explica el periodista David Jimenez, que todos tuvimos algo que ver para llegar donde estamos ahora, “la culpa es nuestra, también“.

Por otro lado y al hilo de lo anterior, me cuesta asimilar como alguien que no se le ocurrió nunca pedir una hipoteca, que no debe dinero a nadie, paga sus recibos religiosamente cada mes, que no votó a ninguno de los dos principales partidos políticos y que siempre ha procurado gastar menos de lo ingresado (como ha sido mi caso), haya podido contribuir al colapso del sistema y se encuentre en estos momentos cargando con las irresponsabilidades de otros y contribuyendo al mismo tiempo a pagar los platos rotos de una vajilla que no es suya.

“No falta dinero, sobran ladrones”. Este era el emblema que leí escrito en una pancarta que colgaba de un parque de bomberos. No explicaré su significado porque creo es bastante claro.

Y es que la incredulidad viene a uno cuando, a pesar de lo mal que están las cosas, observas que ese dinero que nos retiran de nuestros bolsillo los gobiernos a golpe de decreto, no sólo se continúa despilfarrando igual como se hacía antes en viajes privados, coches oficiales, estancias en hoteles de cinco estrellas y autovías que no llevan a ninguna parte, sino que, por si fuera poco, complementan sus actuaciones con recortes, dando tijeretazos sin medida a nuestra ya de por sí lastimada educación y en nuestra tan luchada sanidad universal, cuando la tijera se debería dirigir principalmente hacia los mismos políticos y a sus respectivos sueldos y asesores. Lo curioso es que mientras los que nos dirigen piden austeridad nacional, ellos disfrutan de “libertad financiera” a costa nuestra comprando y decorando sus nuevas y grandes casas, y quién sabe si transfiriendo el dinero a paraísos fiscales.

Es evidente que todos andamos harto preocupados por el futuro que nos espera y que estamos cansados de tanto banquero pre-jubilado y de estos políticos mitad mediocres mitad mentirosos que nos guían por la senda de la desesperación. Pero la crisis en España no es solo económica y política, sino también cultural.

No descubro la rueda cuando digo que España es un país de héroes futbolísticos y devoción por el gamberro televisivo, es decir, que antes se escuchan y se tienen más en cuenta las obviedades que cuenta Casillas, Puyol y compañía, que prestar atención a ese documental de La2 en el que se explica el origen de los bancos, los problemas que supone tener deudas o las ventajas de tener un cerebro bilingüe. No digo que no tengamos pasiones o intereses para desconectar a veces de la realidad, que siempre va bien y es necesario, pero creo, desde hace mucho tiempo además, que se ha perdido de vista la lógica y el sentido común que se le da a las cosas y creo que por este motivo, hay tantos problemas a la hora de poner en orden nuestras prioridades. Por ello es tan importante el nivel de educación que se tenga, ya que influye considerablemente en el comportamiento y en la toma de decisiones por parte de los ciudadanos de un país, así que es mejor no quitar de donde se tenga que invertir más incluso de lo que se ha recortado ya.

Lo cierto es que no concibo como Gran Hermano sigue duplicando audiencias, y me cuesta comprender cómo puede tener más interés la vida de un famosillo hecho por accidente, que un programa donde te muestran de manera científica, por qué las mentes de muchos homo sapiens actuales piensan ver unos programas de televisión y no otros, por ejemplo. No entiendo tampoco por qué no se enseñan en las escuelas educación financiera, ni tampoco por qué no se le da más importancia al inglés en la enseñanza general e incluso más que las lenguas autonómicas (aunque éstas también las considero importantes). Y me parece incomprensible que el presidente de gobierno español lleve siempre a un interlocutor cada vez que se relaciona con Obama o el resto de dirigentes de la Unión Europea porque no entiende el idioma de Shakespeare, cuando a mi me lo exigen nivel experto hasta para trabajar como delineante. Si es que, como leí en un artículo, la prueba irrefutable de que no hay que recortar en educación es nuestra clase política.

Por el contrario, nunca había habido una generación tan bien preparada como la de ahora y nunca había visto un país que no quisiera aprovecharla. Lo peor de todo es que muchos de los titulados se han marchado ya y muchos de los que quedamos estamos dispuestos a cruzar cualquier puerta de embarque que nos ofrezca una mejor vida.

No creo que la salida a cada situación personal sea el éxodo pero si no existen oportunidades laborales, seguir formándose está más caro, y las leyes para emprender lo hacen más complicado y económicamente inviable, puede que tengamos que ir renovando los pasaportes. Pero a pesar de todo y aunque cada vez tengamos menos privilegios, menos euros en el bolsillo y estemos más escuálidos por el nerviosismo y el estrés, siempre nos quedará la dignidad, las ganas y el interés que nos une a todos los ciudadanos de este país para salir adelante y eso es con lo que uno al final se queda.

Así que dando ejemplo de iniciativa, como medida de austeridad y colaborando con el desarrollo sostenible, os pediría que el último que lea el post desconecte el ordenador y apague las luces.

Foto: taringallega.com

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