Lo bueno si es sencillo dos veces bueno

Barcelona_Chair

“La simplicidad es la máxima sofisticanción.” Leonardo da Vinci


Tiene poco más de 80 años y no ha perdido ni un ápice de actualidad. La Silla Barcelona, es un claro ejemplo de que lo simple es más interesante, que reducir cualquier cosa a lo esencial y despojarlo de elementos sobrantes es sencillamente lo mejor.

Me declaro amante de lo básico, lo necesario e imprescindible. Abogo por lo simplificado de las cosas y por la ausencia de ornamentos. Pienso que el diseño simple funciona mejor, se entiende más, es más atractivo y elegante y perdura más en el tiempo. La Silla Barcelona refleja todo eso y demuestra que con poco se puede decir mucho, deja claro que menos es más.

Mies van der Rohe, diseñador de dicha silla y arquitecto referente del minimalismo durante el siglo XX, lo hacía muy bien. Sabía que dejar a un lado lo complicado era lo mejor y eliminó en aquel entonces toda aquella arquitectura de interior sobrecargada para limpiar todo, refrescarlo, abrirlo, airearlo, dejarnos ver la luz, dejarnos ver el polvo y deshacernos de lo inútil.

Digo esto porque he sido testigo durante algunos años de infinidad de construcciones, desde viviendas unifamiliares o plurifamiliares a edificios de oficinas, que primaban diseño frente utilidad y que preferían una ejecución más rápida y peligrosa a una más relativamente lenta y segura. También he sido receptor, vía centro comercial, de muchos tipos de productos de empresas que preferían poner más dinero en marketing para conseguir más ventas que meterle más euros para mejorar su funcionalidad. He utilizado tecnología con la que he llegado a establecer  un relación de amor-odio por culpa de su interesante estética y su incomprensible y difícil uso interno. Y hasta he comprobado como algunos artilugios pensados y etiquetados por grandes marcas, llegaban a su obsolescencia antes de lo que había sido programado después de escasos cinco usos. A lo que me refiero es que no acabo de comprender por qué no se aplica el arte del sentido común al hacer de las cosas, ya sea para el diseño y ejecución de una vivienda como para pensar o crear un producto, es decir, existe otro punto de vista más simple y sencillo, otra manera de hacer las cosas, más interesante, con igual o más calidad, más productiva, más útil, más comprensible con el medio ambiente, menos complejo de entender, y donde también se puede ahorrar mucho tiempo y dinero. La idea o el diseño de algo no tiene que ser tan difícil de comprender ni estar reñido con su utilidad o funcionalidad final, y ni el tiempo ni lo económico tiene porque ser un obstáculo para llevar a cabo algo sencillo y útil. La vida misma no se merece que le añadamos más confusión ni más complejidad de la que ya tiene.

Ideas como la silla de Mies son las que hacen falta hoy en día. Ahora más que nunca, ante este panorama tan complejo, estamos necesitados de ideas simples, soluciones simples y mensajes simples. Cuanto más recargado es el mensaje, el diseño o la idea, más difícil será que tenga éxito y se recuerde. Por lo tanto, si se proyecta una vivienda o se diseña un producto, una aplicación, un negocio, mejor hacerlo con sentido común, lógica y una buena dosis de sencillez.

Pero no sólo Mies sabía del poder que tiene lo simple, Steve Jobs (co-fundador de Apple) también lo conocía, con sus productos minimalistas perfectamente diseñados, de calidad y tecnológicamente bien dotados (aunque su producción incumple algunos derechos humanos, pero ese es otro tema); incluso los mismos creadores de Twitter, cambiando la forma con la que nos comunicamos con tan sólo 140 caracteres; Instagram o la red social de fotografías cuadrangulares retro, los Chupa-Chups, la Fregona, y hasta el mismo buscador de Google también las incluiría en la lista de ejemplos de ideas geniales, simples, de éxito y con un buen y largo futuro por delante.

Y es que cuando lo sencillo se impone aparecen frases del estilo, ¿cómo no se me ocurrió a mí?. Para el creador de lo simple no hay mejor elogio que la frase que antecede. Reducir la complejidad de un problema a una solución casi de charla de café es poco menos que un arte.

Rechazo la complejidad de las cosas, y no hablo solo del diseño o la tecnología, sino también me refiero al ámbito personal. Pienso que tener menos aporta más felicidad, más tranquilidad, y da más libertad y versatilidad a nuestras vidas. Creo que viviendo con lo que es verdaderamente imprescindible se pueden aumentar, sin dolor alguno, niveles de optimismo nunca conseguidos antes. Con esto quiero decir que hay una vida mejor, más sencilla, y creo nos será más útil. Hay que eliminar lo superfluo, pensar antes de comprar y comenzar a reinventarse a partir de una vida editada.

Tener una vida simple o minimalista en todos los sentidos, puede ayudarnos a ver los problemas de otra manera, a empequeñecerlos en su mínima expresión y a resolverlos de la mejor manera posible. Pero por el contrario, respecto a esa vida minimalista a la que acabo de hacer referencia y utilizando un símil arquitectónico, decir que no creo que a la gente le interese ese minimalismo extremo que hace parecer todo lo que toca en carnicerías o salas de espera de ambulatorio, todos ellos espacios fríos y que hacen que quieras estar ahí el menor tiempo posible. Tampoco interesa utilizar tecnología que no se pueda entender por su exagerada sencillez . En ocasiones, demasiada simplicidad añade complejidad e incomodidad, en otras palabras, hay que vivir sencillamente para simplificar lo complejo pero, por otro lado, hay que hacer la vida en ocasiones algo compleja para no tener una vida simple.

Lo cierto es que tanto en el ámbito personal como en el de la arquitectura, la construcción o la tecnología, lo complicado no tiene futuro y está condenado al fracaso. El que proyecta, construye o diseña algo creo que debería tener esto siempre en cuenta. Antes de proyectar un edificio o diseñar desde un producto a un servicio, estaría bien que se pensara y se tuviera en cuenta previamente cuatro aspectos que considero fundamentales, teniendo en cuenta mi experiencia como “controlador” de obras de construcción y habitual usuario de productos y servicios de todo tipo: primero, en la utilidad para el que va a usar la creación; segundo, que el diseño sea sencillo, entendible y bonito teniendo muy en cuenta su utilidad final; tercero, en la forma más responsable, sencilla, rápida y sostenible de ejecutar el proyecto o idea; y cuarto, en cómo se va a lograr que el receptor de la idea entienda lo que al creador se le ha ocurrido sin que el primero tenga que leer ningún manual de instrucciones. Con todo esto ayudaría, lo más seguro, a que esas ideas que se tienen en mente perduren más en el tiempo y se mantengan jóvenes y actuales en su edad adulta. Hay que tener en cuenta que el cometido del diseño es que la función se resuelva y el diseño sea bello, así que creo que la Silla Barcelona ilustra perfectamente lo que explico.

En realidad queremos cosas diseñadas para aquello en lo que serán usadas la mayor parte del tiempo, no en alguna extraña ocasión. Si uno se para a pensar, en el fondo nos interesa que la tecnología nos ayude a solucionar nuestros problemas y que nos faciliten la vida (hasta cierto punto, claro está); nos gusta vivir en casas tan bien diseñadas como para aprovechar cualquier rincón que a simple vista parece muerto, con espacios y muebles multifuncionales; y queremos productos o servicios que nos hagan sentir bien, nos faciliten nuestro trabajo y satisfagan, en definitiva, nuestras necesidades. Dicho de otra manera, para qué queremos cuatro habitaciones con formas irregulares si en ellas me veo obligado a colocar la cama frente al radiador y a utilizar los pilares como soporte para perchero; o para que queremos una aplicación que mida el desánimo y me recomiende actividades en solitario para superarlo si para aumentar la autoestima tengo a mi familia, los amigos y además practico yoga y budismo; o para qué necesitamos tener un carrito de bebé con suspensión hidráulica si al plegarlo no me cabe en el maletero del coche… Además, ahora buscamos, al menos yo lo hago, cosas que ocupen poco, que se puedan apilar, y si, a además de esto, se pueden digitalizar, mejor que mejor.

Insisto, no hay tiempo para elucubrar interpretaciones de crípticos mensajes, ni vivir en espacios grandes y repletos de objetos que hacen que se apoderen tanto de tu espacio vital como del aire que necesitas para respirar.

Sin duda alguna no son tiempos de ideas cargadas y soluciones barrocas, así que mejor practicar el arte de lo simple. Además, está visto que lo sencillo prevalece y lo complicado tarde o temprano tiende a desaparecer, y es que lo bueno si es sencillo dos veces bueno.

Imagen vía moose-studio.com
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Autor: Carlos Matallana

Digital marketer, amateur photographer, experienced footballer and an insistent runner.

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