Futbolismos

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“En este mundo derechamente adverso, los zurdos llegamos a ser más diestros que los derechos.” Rainer Litschi

Supongo que algunos de los que leáis esto no conozcáis a los que menciono a continuación, y puede que algunas expresiones no se entiendan porque estén sacadas de la jerga que se maneja en el mundo del fútbol, pero este es uno de los ecosistemas al cual también pertenezco desde que el balón que me regalaron un día era más grande que yo.

Como futbolero practicante, observador incansable de este deporte en directo o televisado, y orgulloso culé, descubrí desde temprana edad lo que era el fundamentalismo balompédico, la ceguera esporádica del colegiado, la violencia silábica del fanático, la obvia, perenne e insufrible verborrea de la mayoría de comentaristas televisivos, que tu entrenador se dirija a ti en modo Ser Superior, y la mala leche que puede tener un líbero maltratado por la pubertad y que te saca una cabeza y media sin contar la altura de los tacos.

Me declaro un apasionado, fan y practicador compulsivo -léase ahora, cuando surge la ocasión- de uno de los espectáculos más populares del planeta. Sí, ese, el que ya he escrito antes, el fútbol. Para mi, el balompié lo ha sido todo durante muchos años de mi vida. Aún lo sigue siendo, aunque el hecho de sumar años a la vida hace que pases de mantenerte en forma al ritmo de los pitidos del Test de Cooper, a calentar con sólo dos carreras suaves, sprint y medio para despertarse, y tres estiramientos sin arriesgar la musculatura previo a las pachangas findesemanales con los amigos. Pasas de ver en televisión un Aston Villa-West Ham o un Olimpic de Marsella-Auxerre, a únicamente presenciar los partidos destacados del Barça, algún Manchester United-Liverpool y si me apuras un Boca-River a través de internet con un streaming pirata en el que, algunas veces, unos jugadores pixelados juegan con un balón cuadrado. Lo mismo sucede con los jugadores, que pasas de seguir en programas temáticos televisivos semanales las evoluciones de Jean-Pierre Papin, Paul Gascoigne, Dennis Bergkamp, Batistuta, Romario, Roberto Baggio, Laudrup, Eric Cantona, o Zinedine Zidane cuando aún hacía ruletas marsellesas en la Juventus; a buscar por la red lo último que recomienda Maldini en su twitter, algo así como el último caño-gol de Totti, la impresionante asistencia milimétrica de Pirlo, la mejor jugada de tiralíneas con la zurda de Gareth Bale, el gran empalme con el pie equivocado de Demba Ba, o el desparpajo balompédico de un tal James Goal de dieciocho años -por ejemplo- visto en la selección de fútbol de las Islas Malvinas.

Los años también me han llevado de leer únicamente la prensa deportiva sensacionalista a no perderme ningún domingo la columna de un tal John Carlin, periodista y vendedor de palabras inglés que habla y escribe perfectamente en el idioma de Cervantes, y que hace del fútbol una lectura interesante. Ahora resulta que no entiendo este deporte sin su literatura. El fútbol también se puede leer.

Formar parte de este universo pelotero desde muy pequeño, ha significado para mi lo mismo que supone a los fieles del catolicismo seguir a su Dios, salvo por una diferencia significativa, mi fe en este deporte siempre aumentaba a golpe de balón y viendo lo que hacían ídolos reales, y no por medio de órdenes religiosas dictadas por un pastor embriagado de un poder divino inexplicable y que dice ser el representante en la tierra de un líder inventado con ojos azules y aspecto de modelo hippie.

Como ejemplo de influencia está la de mi padre, que me contagió la manía de practicarlo, y la de mi tío, que me enseñó vía Camp Nou el significado de lo que quería decir més que un club. Tanto desde la tercera gradería del campo del Barça como desde el mismo terreno de juego, uno acaba dándose cuenta que está en un mundo paralelo interesante pero apartado, en ocasiones, de la realidad y la lógica. El fútbol es un ecosistema donde muchas veces el que parece que sabe es al final un falso, y el que sabe no sobresale porque ‘el falso’ impide que lo haga. Es un sitio donde lo injusto puede ser justo y viceversa, donde trabajar bien no implica que tengas éxito ni hacerlo mal significa que vayas a fracasar. Aquí las sumas nunca dan bien y las incógnitas pueden no resolverse nunca.

Desde que jugaba a lo largo de la mitad del medio campo he sido un nueve, un punta, un delantero, un encabezador del ataque y el primer desestructurador del empuje contrario. Mi condición de zurdo abierto, ya que también usaba la diestra si la ocasión me la reclamaba, creo que siempre me ha hecho un poco diferente al resto. Muy pocos delanteros izquierdistas -sin intención de egocentralizarme ni politizar con la pierna con la que se patea- me he encontrado a lo largo de mi vida deportiva. Los diestros eran y siguen siendo legión, y los zurdos una espécie en extinción. Es como si la zurdera fuera una enfermedad que hubiera que erradicar de la lista de convocados, pero a la vez, tan necesaria en algunos momentos del partido que había que mantener entre los titulares. Desde mi punto de vista ‘los derechos’, en mis tiempos tempranos, estaban devaluados por la abundancia y ‘los izquierdos’ mejor valorados por la escasez a pesar de todo. En otras palabras, el zurdo siempre acababa sustituyendo al diestro en momentos determinados, y algunos de ellos determinantes, del partido. Yo era el que pateaba todo lo que el derechista desechaba o le iba mal. En tiempos recientes, por cierto, me atrevería a decir que el fútbol mundial continúa colonizado por diestros, seguramente los descendientes de aquellos que reinaron tiempo atrás. Su linaje continúa.

No sólo contaba con la zurda para diferenciarme del resto de compañeros, sino también con la manera cómo anotaba los goles y lo arriesgado de mis decisiones. La responsabilidad de anotar siempre pesaba algunas veces, sobretodo cuando no sabías cuando iba a terminar la sequía goleadora en la que estabas metido, de la que te estabas intentando liberar, y de la que no sabías cómo ni cuando ni por qué había empezado. Os cuento que el calvario del Nueve no es solo no meter goles sino ver las caras de los compañeros, del entrenador y de los padres de los compañeros después de fallar solo y delante del portero tras recibir el balón de una jugada elaborada por todo el equipo. Eso si, los rostros cambiaban cuando colocabas en la red el típico gol que nadie se espera, ese que aparece cuando la gente dice ‘¡pero qué hace este!’, a lo Romario. Sí, ese soy yo, te puedo fallar un gol fácil pero puedo resolver el partido en el último cuarto de hora gracias a que se me ocurrió colocar el balón al palo largo entre dos defensores que estaban a punto de robarme el esférico justo en el borde del área grande. Me siento cómodo en las situaciones extremas, digámoslo así.

Entre los años 1985-1990 concretamente, fue época donde las mujeres árbitro empezaban a aparecer en un mundo repleto de hombres, donde las peleas en los campos de fútbol se hacían con personajes criados en los suburbios de la periferia barcelonesa que repartían palos con el mismo brazo que tenían escayolado; donde los negros, muchos de ellos mejor dotados futbolísticamente que el resto, eran desgraciadamente discriminados solo por su color de piel; y donde en invierno te duchabas en casetas de obra bien ventiladas provistas únicamente de una llave de agua fría. Era un tiempo en el que el entrenador era un vecino del barrio, el delegado tu padre, y el utillero un jubilado con mucho tiempo libre y que resultaba ser a su vez el abuelo de un compañero tuyo. Más adelante se profesionalizó algo el cuerpo técnico y teníamos a gente con experiencia en la gestión de equipos como, el dueño de un bar haciendo de míster e intentando emular a Van Gaal, o ese padre de familia finalmente retirado de sus funciones parentales gracias a que sus hijos crecieron, ejerciendo de mano ejecutora y traductor de lo que el entrenador decía cuando éste utilizaba su jerga de mesonero. Pero a pesar de todo, lo mejor creo yo, es que no perdimos ese fútbol callejero gracias al cual aprendimos todos a jugar. Fueron días, en contra de lo que pueda parecer, más de aprendizaje sobre la vida que de fútbol.

La arena, en ocasiones mezclada con agua de lluvia, era la superfície natural en la que se intentábamos desarrollar nuestro juego. Los días de secano, el terreno, de arena fina mezclada con gruesa, se aplanaba con viga de hierro y se regaba a manguerazos por el cuidador del campo, el mismo que nos refugiaba en su caseta con una estufa de mercadillo de un solo fuego que funcionaba a golpes mientras esperábamos la hora de comienzo de aquellos oscuros entrenamientos de invierno. Pero independientemente del tapiz donde jugáramos, éramos equipo de barrio y por lo tanto trabajador, siempre pensando que en algún momento algún ojeador nos vería y tendríamos la oportunidad de jugar en un equipo más importante que tuviera un campo de hierba de la buena, en la que no te rasgaras las vestiduras ni la piel de las piernas.

Teniendo como objetivo que algún día el Barça se fijara en mi izquierda, en 1989, con mis once primaveras y el año en que Migueli se retiraba y Gary Lineker marcaba goles de color blaugrana, intenté formar parte de un equipo importante que pensaba sería el trampolín definitivo para convertirme algún día en un verdadero profesional del balón, en el futbolista de las botas regaladas. Después de ver anunciada una prueba en el diario Sport publicado un domingo de invierno, tuve un fugaz pero destacado paso por las instalaciones del RCD Español de Barcelona donde pudieron evaluar mi misterioso fútbol zurdista. Me eligieron de entre otros pero, por motivos familiares ajenos a mi, finalmente no pudo ser. Pensé que ya no tendría otra oportunidad de avanzar en este deporte, y así fue, pasé de potencial jugador para un equipo que me ayudaría en mi crecimiento futbolero hasta lo profesional, a dar los mejores años de mi vida futbolística a mi equipo de toda la vida.

Según mi experiencia, en el fútbol -y diría como en otros ámbitos de la vida- puedes aprender que los egos de los que se creen más buenos que el resto, minan el juego en equipo y no se dan cuenta que si el equipo no funciona, ellos tampoco. De la misma manera sucede con aquellos compañeros que por ser veteranos en un equipo de segunda regional era sinónimo de poseer el poder de la titularidad infinita sin pensar que su “mejor” época ya había pasado. Y lo mismo ocurre con aquellos entrenadores que andaban como si fueran discípulos de Clemente, con la convicción de que alinear veteranos y atacar a la defensiva, era la mejor manera de racanear victorias y conseguir objetivos.

Mi periplo por los terrenos de juego oficialmente llegó a su fin durante la temporada 2000-2001, a mis 22 años, en plena forma física, el equipo situado en la mitad de la tabla, jugando en tierra casi de cantera y hierba mala en los córneres, cobrando sesenta Euros al mes, que fueron de los primeros que llegaron al país tras el cambio de moneda, y relegado al banquillo. Desconozco si el motivo de mi suplencia habrá sido por ser zurdo o porque su ojo derecho jugaba en la misma posición que yo. Nunca lo sabré. Lo que sí que sé, es que debido a la escasa participación en mi última campaña, decidí dejar de ser futbolista federado y me centré en los estudios, pero eso sí, sin perder de vista el balón, con eventuales apariciones en partidos clandenstinos de barrio y torneos varios de corte privado.

Así pues, quisiera comentar que a parte de ser zurdista original puedo ser ambidiestro en general, es decir, de la misma manera que pateo con la pierna izquierda puedo escribir con la mano derecha. Igual te hago el control de calidad durante la ejecución de una obra, como te gestiono un equipo repleto de diestros y un único zurdo. Igual rindo en las categorías inferiores de un equipo de fútbol, como compito en las grandes ligas del mercado laboral. Igual si hubiera nacido diestro de pie, no hubiera estado tan orgulloso de haber sido diferente, de jugar al revés.

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Autor: Carlos Matallana

Digital marketer, amateur photographer, experienced footballer and an insistent runner.

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